11/04/2026 - Sábado - 20hs
Experiencia de ir a ver Ninguna Higuera a la Sala Hugo Balzo del Sodre.
“Vestirse con otra ropa”
Ayer me vestí con ropa prestada; a veces hay que probar cosas nuevas.
Salir a la calle de la capital exige preparación y atención en todos los niveles. Si contamos cámaras y gente -y las cámaras que tiene la gente en su mano- las miradas se multiplican por miles y, por lo tanto, la vigilancia.
Pero esto no es sobre mis paranoias, ni sobre el panóptico de Foucault, ni sobre qué devuelven los lentes y los ojos que nos miran. Aunque sí va sobre esa relación, observar y que te observen, un vínculo que se retroalimenta en espejos infinitos. O algo más sencillo: la impregnación, la afectación, el rizoma de entendimiento que se genera con lo otro en cuestión, con el objeto a contemplar, con el estímulo que proviene de afuera, que atraviesa el cuerpo, y devuelve otra cosa al emisor.
Impregnación: según Zitarrosa, la primera etapa del proceso creativo*. La realidad "habla", quien “crea” codifica, y luego “transforma” ese lenguaje en arte. Y cito a Don Alfredo porque en su homenaje estuve ayer, interpretando un personaje -con la excusa de la ropa prestada- con la adrenalina de aventurarse otra vez a la ciudad y sus laberintos simbólicos. Y no hallé nada*, o perdí todo en la noche, o la emoción vivida se mudó con las letras a otra página que ya no está en blanco y que no aparecerá hoy; o lo que quiero contar es otra cosa. Eso, hablar de otra cosa.
Quizás porque ya se habla demasiado del Flaco*, quizás porque el show fue demasiado pop, quizás porque las nuevas generaciones entienden a Zitarrosa distinto, o quizás porque quiero hablar justamente de las nuevas generaciones, de renovar el panteón, de cambiar los tótems, de reformar la vitrina, de darle vuelta a la página para comprender todo lo que fue, pero sobre todo para descubrir todo lo que vendrá, lo que está pasando. Les invito a ponerse otra ropa, a jugar el juego -o intentarlo- de ser, hacer y entender otra cosa al hablar de música uruguaya.
Por eso me sitúo en el hoy, en este texto, con ropas que me pertenecen, para hablar de Ninguna Higuera, de su nuevo disco Metanlé (2025)* y del show en la Balzo.
Esta crónica se escribe en dos partes: la primera, hace unos meses, con la escucha del álbum en casa, individual, con auriculares; la segunda, ahora, después de la presentación del disco en vivo, en sala, colectiva, con parlantes. Y Ninguna Higuera también consta de dos partes, o de dos piezas que encajan perfecto. Por un lado, el origen: el trío de guitarra, viola y voz, la simpleza así de simple*; y por otro, el quinteto, con bajo, batería y el triángulo inicial que suma teclado y se pone al frente para comandar el proyecto, así como quien pide más*. Una combinación dialéctica que sintetiza muy bien lo que se quiere mostrar, que quedó plasmado en el disco y que se trasladó al vivo de excelente manera.
Pero empecemos por el principio.
Lo primero es que no es un álbum conceptual, pero sí maneja un concepto. Aunque yo diría que hay dos discos en uno. Por un lado, la parte “Metanlé” (El Suncho, el tema homónimo y Guitarrismos), donde está la reflexión compositiva, la experimentación, el pensar el futuro y el quehacer de un proyecto musical que decide presentarse en público. Canciones que dialogan a la interna, pero que ponen el ojo en la escena musical toda y en las personas que componen, que crean, que trabajan. A esa gente es a la que va dirigida la uruguayisima expresión “Metanlé”, a los y las colegas que le meten a la música en este país, siempre tan chiquito e ingrato con sus artistas (todo muy lindo con Zitarrosa, pero en sus últimos años no había sello que le editara sus discos)*. Este es el concepto que le da nombre al álbum y, creo, marca un camino y una búsqueda de la compositora principal del grupo, Belén Insausti; muchacha que derrocha suspicacia y poesía.
Por otro lado -siempre hablando de los textos-, están las canciones de amor (Cuánto, Carta a dos voces, Decisiones, No hay más tiempo). Este conjunto conforma un relato que se va hilando a través del disco y que también subraya una característica compositiva muy fina: hay otra perspectiva sobre los vínculos interpersonales. Aparece una historia -o varias-, está la incertidumbre, la audacia, la picardía, el drama, la esperanza, el círculo que vuelve a empezar con claridad y calma. Todas esas decisiones, buenas y malas, que involucran querer a alguien.
Y, para finalizar, una mención especial para Cada vez que te vas, una letra certera de lo que significa ser mujer y salir a la calle en la ciudad patriarcal; una canción necesaria que decodifica la realidad y nos habla del mundo que vivimos. Y aunque no mencioné lo musical -minimalista, rockero, 100% música uruguaya- debo decir que la fuerza del quinteto y las sutilezas del trío completan una escucha que, otra vez, me vuelve a convencer de que hay que meterle a la creación porque es posible la belleza. Por eso escribo estas notas, para no olvidar.
Sentarse a escuchar música, menos mal que existe.
Estas palabras sobre el disco, que transcribo tal cual, me parecen tan cercanas como la primera vez que escuché Ninguna Higuera hace años, en un frío otoño de pandemia, con la ausencia de la música en vivo (a no ser esas dos o tres salas y productorxs que siguieron con su negocio). Ahora escribo en un bar, a minutos de salir del show, con cuaderno y celular, respirando el silencio y pensando en lo vivido.
Es casi un oficio: poner la oreja y dejarse sublimar, estar presente, sentir la presencia. Sentir que la música pega en el cuerpo, sentir que se aísla la butaca y que flota en el aire, sentir la compañía y la complicidad del público en comunión; sentir, por un rato, que no existe nada más. Hoy daba la sensación de que solo había espacio para la amistad y la música. Aunque en realidad no conocía a nadie, solo a mi amiga con la que fuí, y a las canciones, que ya las quiero como de toda la vida. Es que a las canciones se las quiere, se las cuida, se las recuerda, se las invoca, se les rinde tributo, se las abraza; se las mira de frente para que nos digan cosas que ni siquiera sabemos de nuestra forma de ser. Son tan amigas como nuestras amigas; por eso hay que escucharlas, irlas a ver.
Hoy, debo confesar, en realidad vi a mucha gente “conocida”, gente del ambiente musical montevideano, contemporánea a Ninguna Higuera; parte de esta especie de movimiento de mujeres y disidencias cantautoras que ocupan los escenarios hace años y que tienen la nobleza -y el buen gusto- de ir a ver a sus colegas. Esta actitud se puede asociar con aquello de “música para músicos”, con algo de nicho, con esos pequeños ambientes donde se retroalimentan las obras endogámicamente y nunca salen al público masivo. Pero este no es el caso -más allá del altísimo nivel letrístico y musical del grupo-, acá hay algo más, está pasando algo más. Lo que yo siento es sentido de pertenencia, conciencia de grupo, responsabilidad y militancia por la música, por las músicas; apoyo mutuo en una industria musical que no desenreda los cuatro o cinco nudos de siempre. Hoy fue una muestra de un sentimiento que atraviesa a esta generación de músicas y disidencias, y que alumbra un camino que, por suerte, son muchas caminando.
De memoria -y de Chismosa- ayer estuvieron en el público: Papina de Palma, Sofía Alvez, Camila Ferrari, Chane de Niña Lobo, Viviana Ruiz, Cecilia de los Santos, Guadalupe Calzada, Ana Ruiz, Pao Larrama, Amanda Mara, integrantes de Las Pereira, gente de la banda Mestizo, de Orquesta las Señoras, de Juana y los Heladeros del Tango, de los coros Nómade y Panambí -integrados mayormente por mujeres-, de los colectivos MásMúsicas y MyDMUS, del TUMP... y quizás estuvieron -o podrían haber estado- Lu Romero, Ino Guridi, Chivi, Orfellia, Tesii Moreira, Miel, Rodra, Isabella Acerenza, Juli Taramasso, María Viola, Maité Gadea, Mica Mendizábal, Renata Pieri, Isabel Lenoir, Ivana Rodríguez, Fulana de Val, Mínima, Fer-o Smith, Boni, Flo Ramé, Mel Altieri, Maine Hermo, Bárbara Jorcin, Naoko, Flor Sakeo, Victoria Brion, Simona Bustelo, La Plapla, Centeiia F.C., Andy Falcone, Se Armó Kokoa, Lali Gaspari, Luana Méndez, Elena Ciavaglia, Animales de Poder y tantas y tantas más*.
Este público, real e imaginado, está conformado por mujeres y disidencias que sacaron su primer álbum discográfico en los últimos 10 años, pertenecen a las generaciones que tienen entre 20 y 40 años actualmente, y componen, producen, graban, tocan, trabajan y viven en Uruguay. Todas, en plena actividad, se unen a un largo camino, a esa obra en construcción* que es la música uruguaya. Y en esto hay que insistir, en ponerle otra ropa a la industria.
Es que la motivación es sencilla: hacer canciones iguales o más lindas que las de tus amigas -y que las propias- para mostrárselas a ellas, y aunque sea por ese rato de encuentro y música, sentirse más juntas y alegres que antes.
Impregnarse de vida.
Es la maravilla del intercambio; pasa con la música, pasa con la ropa. Cuando te prestan ropa que no tenés, te sentís con más belleza cuando la usás. Te sentís un poco esa otra persona y mostrás otra faceta de vos, te la apropiás. Se transfiere a través de la prenda una influencia que se materializa en la manera en que vos la usás. Y ahí hay una coordenada para pensar: la música, las canciones, las colegas… ese universo que está sucediendo es parte constitutiva de la creación individual. Llenarse de la música de otras personas, vestirse con su ropa, prestársela, es fundamental para que la rueda gire(esto también aplica al público).
Me gusta sentir la sensación de ser parte de algo que se está moviendo a fuerza de mujeres y disidencias que decidieron que -aunque no las inviten o programen- van a ocupar los escenarios igual, a fuerza de talento y calidad musical. Y eso también tiene que ver con la discusión pública, tanto por redes como por prensa tradicional, pero eso lo dejamos para los comentarios de esta publicación…
En la historia cultural de un pueblo están los contextos de tiempo y lugar, y están las "bandadas", como le gusta decir a Rubén Olivera*, cual pájaros, grupos interdisciplinarios vinculados a una generación que trabaja y milita en el área de la cultura y la creación artística. Gente que por ciertas inquietudes, ideas o búsquedas estéticas, se va juntando y generando nuevos movimientos; en este caso, de la canción montevideana. Porque lo que sucede arriba del escenario, además de pararse ahí, defender las canciones y plantear una idea de mundo, involucra a todo un equipo técnico que labura a la par, a gente que paga la entrada, a un lugar que genera las condiciones para que todo suceda… y algo más. Como planteaba Ángel Rama*, entre artistas, públicos y crítica se conforman nuevos espacios dentro de la cultura artística de un país y se echa a andar una nueva mirada sobre la realidad.
Esta crónica es solo un intento de sumar a eso.
Salú
Chismosa Selecciones
*Nombre del segundo disco de Ninguna Higuera, 2023
Emilia Benia, voz y teclados
Belén Insausti, guitarra y coros
Leticia Gambaro, viola y coros
Diego “Diega” Rodríguez, bajo y coros
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