viernes, 8 de mayo de 2026

El Asado 2026 (Crónicas Chismosas)

03/05/2026 - Domingo - Mediodía
Experiencia de ir a ver la grabación de “El Asado 2026” en lo de Fabián Marquisio.


“Venite y vemo' qué sale…”

Esa es la consigna. Realmente no se sabe qué va a pasar, qué va a salir, qué va a quedar registrado, cuántas ni qué canciones se van a hacer, ni quién va a cantar una cosa o quién va a tocar la otra; todo es incertidumbre. Pero no tanto, porque está la charla previa, la invitación, el aire cálido y amigo de las palabras que transmite el sentido de lo que va a pasar. Y el sentido es claro: compartir música, pero hay más. El lugar y las personas que viven ahí te esperan para que la pases bien, para que el encuentro suceda, para que la música esté cercana. Eso: la cercanía.
Creo que Fabián Marquisio —el músico que abre las puertas de su casa hace algunos primeros de mayo para, junto a su familia, recibir las amistades musicales que acuden al llamado— es un músico de cercanía. Y no solo lo digo por haber estado ahí. Lo he visto en sus shows en vivo, habla mucho sobre cómo surgen sus canciones; cuenta anécdotas o relatos que te acercan a sus temas. Sé que estuvo muchos años laburando de cantor en boliches y pubs de Maldonado y Montevideo, como en el mítico Fun Fun, y créanme que no hay nada más cercano que un cantor y su público en la noche de un bar. También hay distintos niveles de cercanía que se escuchan en sus discos. En América Feliz (2007) acerca otras realidades del continente, mezclando las vivencias de su viaje personal con la diversidad cultural del territorio; en Música de mar y desquicio (2010) acerca su patria chica al mundo, describiendo paisajes y personajes del lugar; en El Cuarto (2017) acerca la vida doméstica y cotidiana con su familia y su experiencia como padre; en Décimas del interior (2023) acerca grandes éxitos del pop y rock internacional a un lenguaje folclórico y tradicional, funcionando incluso como cruce generacional. Pero también con el proyecto Villazul (2014) y su implicancia con las infancias y el autismo, acerca la música a lo educativo y pedagógico, al día a día como puente comunicacional. Además, esta cercanía se vuelve tangible en todo su trabajo más allá de los discos, como productor (en 1994 ya estaba entreverado en la producción de La Margarita de Jaime y Rosencof) y como docente (tiene estudiantes particulares al día de hoy), generando una comunidad de gente que lo sigue y que lo siente como un amigo.

Pero volvamos a El Asado, otra cercanía real y colectiva.

Así de sencillo: juntarse alrededor de una mesa, junto a un fuego, a comer, beber y cantar. Atávico, ancestral y alucinante; un ritual que se repite y se repite. En este caso es el tercer año, una iniciativa que como un tren va sumando vagones en su viaje. Todo surgió con “Andenes” (no habrá en esta crónica metáforas caprichosas) de Estela Magnone, que además de grabarla junto a Malena Muyala, Melani Luraschi, Florencia Núñez, Shyra Panzardo y el propio Marquisio, fue la primera vez que una versión del tema apareció en un álbum solista suyo, ya que los demás registros pertenecen a discos en conjunto, tanto con Las Tres como con Roos. Más allá del dato, ese hecho marcó el camino y la idea se sigue plasmando año a año.
Todo empieza en la mañana, temprano, ordenando, limpiando, dejando todo pronto para recibir a la gente. En los fondos del terreno se encuentra el parrillero, un pequeño quincho, y las sombras de los pinos que lo custodian todo. Al atravesar la casa, que está sobre una lomada, se desciende una pendiente, que convierte en valle la escena, y es por donde llegará la gente invitada. Sobre el mediodía, el fuego está prendido y la comida está en la parrilla. Leo, el asador, productor y uno de los gestores de la idea, ya tiene todo preparado. Fabián, que oficia también de sonidista, ya arregló todo el sonido a la espera del técnico de grabación (tiene un estudio armado en el fondo de su casa y desde allí se dispone todo el equipamiento). Lourdes, su compañera y guerrera de mil batallas, ajusta todos los detalles, ahora y días antes de que todo empiece.La situación está planteada para que la magia suceda en esta estación imaginada detrás de una colina que se colmará de música y canciones.
La primera en llegar es la simpatía de Anita Valiente, cantante de la nueva generación del palo folclórico; desciende al encuentro activando con sus redes sociales la jornada y promete cantar una de Alfredo. A los minutos hace su entrada la sabiduría de Julio Cobelli, un prócer que no necesita presentación, y el acompañamiento de Leonardo Delgado y su guitarrón, habitual partenaire del maestro en sus presentaciones. Don Julio no bajó la lomada y ya hizo un chiste; su buen humor y bonhomía se sienten de lejos. Luego aparece la grandeza de Estela Magnone, con una caja de empanadas en la mano, calculando sus pasos en la bajada y con el entusiasmo del primer día. Junto a ella viene la calma de Martín Ibarbourou, sonriendo, transmitiendo en sus pies un ritmo seguro. Parece sensible y humilde; lo es. Al rato llegó la desfachatez de Lescano, Damián, con su desparpajo, sus colores, su frescura tropical y carnavalera que impregnará en la ronda musical. Y los asientos empiezan a llenarse, pero hay espacio para alguien más. Casi en la hora de largada llega la alegría de Darío Píriz; caminando o flotando con su swing aparece su voz, su ritmo, su legado. Y el equipo está completo, la mesa está servida, El Asado está en marcha.
Somos unas 20 personas, cada cual con sus compañías, y cada cual con la expectativa puesta en qué va a pasar; nadie lo sabe, o sí.
Primero se conversa, se ríe, se come, se toma, se abraza, y todo vuelve a circular por un rato hasta que los corazones están preparados para empezar la sesión. Y la palabra sesión no es casual: no es show lo que vamos a ver o escuchar, es una sesión grupal de grabación. Se pide silencio, la gente música se sienta, todo el mundo se coloca en su lugar y, mientras el asador y el fuego crepitan, la marcha se inicia. Todo es dinámico: se tira un tema, tararean, buscan la melodía y proponen alternativas. Hay charlas, sugerencias, los ritmos van y vienen. Cambian los tonos, buscan las letras; el flujo se corta y se retoma. Hay diálogos de acordes, arreglos improvisados; el grupo se concentra y se dispersa. Celebran los errores, los aprovechan y así, sucesivamente, hasta que vuelven a empezar. Hay miradas, intuiciones, complicidades; el cuerpo entero se pone a disposición en ese círculo para que las canciones aparezcan. Y aparecen. 
Todo queda registrado en una sola toma. No hay tiempo para grabar dos veces; el momento parece eterno, pero el audiovisual con luz natural tiene sus límites. El ambiente se carga de candombes, zambas, tangos, boleros, pasajes venezolanos y sones cubanos. Todo el mundo está satisfecho: quienes estamos mirando y quienes están tocando y cantando. La  panza está llena, los oídos repletos de música, y con café de por medio, llega la hora de terminar la sesión. La tarde empieza a caer, el frío se vuelve invencible, y ya hay que emprender la retirada. La gente invitada se despide y sube por el sendero que parece una vía de tren, la lomada que los trajo hasta acá. “Es más fácil bajar que subir”, dice alguien, pero la jornada empuja y las ganas de volver empiezan a aparecer. Valió la pena el viaje.

Es domingo, se ha cumplido el ritual, y es hora de procesar lo que pasó.

Lo que vivimos no es un show, es una grabación, y cuando todo termina hay que escuchar lo que quedó grabado; esa distancia entre una cosa y la otra también es una incertidumbre, es donde se materializa el “venite y vemo' qué sale…”.
Porque hay algunas canciones que, cuando las tocaron, me pareció que no quedaron muy bien o no fueron tan logradas; pero cuando ya no queda nadie y me puedo meter al estudio a escuchar con Marquisio lo que se grabó, la realidad empieza a ser otra. Con Leo —otro que se queda hasta la intimidad del final para escuchar y que “no sabe nada de música”, como yo— comentamos que “no está tan mal como pensamos”, y esa frase se repite a medida que van pasando los registros de la jornada. Es que en el estudio, en las perillas, en la edición, termina de suceder la creación. Lo que vivimos sigue latiendo como un eco y alimenta los resultados finales de las canciones. Cambia la percepción y resignifica lo que presenciamos hace apenas un rato.
El trabajo que se hace antes, durante y después de El Asado, más allá del virtuosismo de quienes participan, es extenuante. Y eso vale para el estudio y la casa. Porque también ese privilegio de quedarse hasta el final involucra dejar todo como estaba, limpiar y juntar todas las cosas de la comida; en resumen, un casi inimaginable etcétera de cosas para lavar. Pero se hace, como después de un cumpleaños, con el sabor del deber cumplido, con la tranquilidad de que la misión está finalizada. Se disfruta y llega la paz, esa calma específica, el placer de lo resuelto. Ahora me toca a mí regresar al hogar, aunque siento que nunca nos fuimos; todo el mundo que estuvo ahí, tengo la seguridad de que se sintió como en su casa. Para Lourdes, Fabián, sus hijos e hija, no fue un día más, y para mí tampoco. Habrá un recuerdo; otra vez, otro primero de mayo, se gesta un recuerdo. Y no es para menos en la era de lo efímero. Me alegra mucho subirme a este tren y alimentar el fuego de los motores con esta crónica agradecida. No todos los días se está por dentro de la creación, tan cerca; no todos los días se come un asado con la gente que te emociona con su música y canciones.

Salú

Chismosa Selecciones

Participaron en lo musical:
Julio Cobelli
Estela Magnone
Martin Ibarbouru
Damián Lescano
Darío Piriz
Anita Valiente
Fabián Marquisio



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